Cigüeña en camino previo al momento en que te vuelves padre
  • Author:OH Galvan
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El momento en que te vuelves padre.

Photo by Martine Lemmens from FreeImages

Es curioso que mucho de lo que pasó antes lo tengo como recuerdos lejanos, y un poco borrosos.

Pero lo que está perfectamente claro y puedo revivir una y otra vez como si estuviera pasando ahora mismo, es el preciso momento en que mi hijo empezó a respirar.

¡Ese es el instante en que te vuelves padre!

Porque ese fué el preciso instante en que me volví padre.

No voy a minimizar la parte del embarazo, las citas médicas, los ecos, las desveladas, los mareos, las falsas alarmas y demás. Eso tiene su ciencia, pero ser padre empieza cuando tienes a tu hijo enfrente. ¡Definitivamente!

No voy a aburrir con todos los detalles que pasaron en las horas previas, pues él nació alrededor de las 7:20 de la noche y nosotros empezamos todo el evento desde la 1:00 de la mañana.

Así que para hablar de algo que dura unos segundos, no hace falta describir lo que pasó en las casi 19 horas previas a eso.

Además de que no todo en esas horas fue ni glamoroso, ni organizado, ni de acuerdo al plan que teníamos meses antes, ni mucho menos pacífico.

Fue como el clímax de una película de acción, pero muy larga y estresante, en donde yo por alguna razón no hacía nada bien y todo lo que intentaba sólo empeoraba las cosas.

Así que lo que contaré hoy aquí es la revelación que tuve en ese momento que acabo de mencionar.

El parto.

Para empezar, el parto que acordamos tenía dos características:

  • Sería psicoprofiláctico
  • Sería en el agua.

O sea, en palabras más sencillas: mi esposa decidió no recibir ningún tipo de ayuda de medicamentos ni anestésicos y además haría la labor en una tina de agua, en donde después del trabajo correspondiente daría a luz a nuestro hijo.

Sonaba increible y en los folletos y las fotos se veía todo tan fácil y bonito, que no querrías decir que no lo harías.

Tomamos el curso, nos preparamos bien. Más bien mi esposa, pues ella era la que tenía que tener la mentalidad y la preparación más a la mano que yo.

Y así fue. Sin anestesia y en al agua. ¡Nada como en las fotos! Ni tampoco tan fácil, pero hasta hoy concordamos en que valió mucho la pena.

Voy a adelantarme, hasta el momento en que lo vi salir en el agua y su movimiento –o reflejo- que hizo parecer que empezaría a nadar cual pez.

Pero ahí estaba el ginecólogo y por si fuera poco también la instructora del curso psicoprofiláctico, para tomarlo de inmediato, sacarlo de su primera sesión de nado en esta vida y meterlo en todo el proceso post alumbramiento, que también es todo un rollo.

Pues los bebés no salen de inmediato tan presentables como los ve la familia ya cuando van a visitarlos. ¡Salen hechos una sopa!

Así que lo tomaron, lo envolvieron en una toalla y lo primero que hicieron fue presentárselo a su mamá. Obviamente ahí cruzaron sus miradas por primera vez de una forma que nunca se me va a olvidar.

Mi esposa entre lágrimas de emoción ( y yo creo que una pocas de dolor y de cansancio), le dijo su nombre, le dio la bienvenida al mundo, le dijo lo mucho que lo amaba, y estoy seguro que le hubiera dicho un montón de cosas hermosas más.

Pero los tuvieron que separar, pues aún faltaba trabajo por hacer

Conmigo no fue tan tierna la cosa. A mí me daban por sentado en esa sala. Después de todo, podía dar la impresión de que yo sólo estuve esas 20 horas de asistente y de porrista de mi esposa.

Así que tomaron al bebé y lo recostaron, me dieron una especie de tijeras con una forma medio rara, le pinzaron el cordón umbilical en dos puntos y entre el espacio que quedó entre pinzas me dijeron con tono apurado y grave: “Córtele aquí con mucho cuidado…”

Yo me les quedé mirando, y sé que sólo fueron segundos pero aún ahorita que lo recuerdo me parecieron como minutos.

Entre el cansancio, la emoción y el pasmo, como que yo no reaccionaba, además de que en mi aletargado razonamiento yo sí quería cortar ese cordón, pero a la vez no.

Me enteré en ese momento que me habían dado la oportunidad, y además de que tenía solo unos segundos para decidirlo.

Así que para ya no tener a todos detenidos esperando hasta que yo reaccione, de pronto y de un movimiento rápido lo hice.

Después de ahí todo fue en cámara rápida.

Al cortarle el cordón, pierde el suministro materno y ya debe de realizar todas sus funciones por su cuenta.

Mi hijo no necesitó nalgada ni mucho estímulo para «arrancar.

Después del corte del cordón y las estrujadas que le dieron para despejarle la naricita y limpiarlo, de pronto arrojó una bocanada de líquido y empezó a respirar.

Hizo una especie de llanto raro, luego parece que notó que hacía un poco de frío y decidió mejor concentrarse en cómo lo limpiaban y arropaban.

A mí me dio la impresión de que estaba feliz por haber nacido y de pronto supo que habría tiempo para llorar después, por eso decidió portarse bien en ese momento.

Después de esto ya no recuerdo mucho detalle hasta que terminaron de prepararlo ahí mismo. Yo ya estaba con mi esposa confortándola, pues ella se había quedado en en la tina, extenuada.

Pasado un buen rato, nos lo acercaron unos instantes para volverlo a ver, ahora sí ya como para foto, envuelto, limpio y acomodado el poco cabello que tenía.

Ya mas calmados le dimos un montón de palabras bonitas, (es raro con varias personas mirándonos mientras esperan), derramamos lágrimas, lo miramos por unos breves momentos.

Y de pronto dio la orden el doctor de que se lo llevaran a la incubadora, pues como pasó frío (o algo así) necesitaba estabilizarse o si no algo le pasaría.

La verdad es que a uno le dicen tantas cosas y realmente aunque tú eres el mas cercano y a quien mas le importa el bebé, en esas circunstancias parecieras ser el que menos sabe de todo.

Así que bueno. El bebé a la incubadora y nosotros a arreglar el desastre de esa jornada de mas de 20 horas. Estábamos a 4 horas de un día completo sin dormir, que por cierto al final lo completamos, pero esa es otra historia.

Cuando mi hijo abrió los ojos.

Y ahora regreso a ese momento que acabo de narrar.

A ese momento en que tu hijo abre los ojos, toma su primer bocanada de aire y lo ves como empieza a mirar y a reconocer el mundo al que acaba de llegar.

Desde ese preciso instante ves como empieza a buscar y a procesar información.

Aún no tiene lenguaje, ni lo entiende y ya está colectando y procesando datos,

aun y cuando no ha cumplido ni un minuto de vida.

Y tú como padre presenciando eso…

¡Vaya! Es uno de esos pocos momentos de la vida que podemos llamar: “Perfectos”.

Ahí es cuando entiendes de verdad el proceso de la vida, pues acaba de llegar el corredor al que un día le vas a entregar la estafeta y que seguirá en la carrera cuando tu ya te hayas ido.

En ese momento terminas de entender este concepto, aunque te lo han dicho miles de veces y aunque creías que ya lo sabías, te das cuenta que realmente no.

Y digo esto porque ahí es cuando hombres y mujeres caemos en la cuenta de que al nacer un hijo empieza una carrera contra el tiempo.

Desde el día 1 nos cae el compromiso de prepararlo para la vida, para ese cambio de estafeta, para que se haga cargo de lo suyo y de los suyos y para que (desde luego) lo haga mejor que nosotros.

La verdad es que casi siempre terminan superándonos. Pero ¿Quién puede saberlo, si no es hasta el momento en que sucede?

A mi me pasó cuando corté ese cordón y ví como mi hijo entró en la vida y cómo la vida entró en él.

Y puedo atestiguar que no ha pasado un solo día en que no me preocupe y me ocupe de él. Y tampoco ha habido un día en que yo sienta que voy adelantado en esa carrera contra el tiempo.

Hay días en que se me agota la paciencia y quiero tomarlo y lanzarlo hasta donde pueda (ya es mas alto que yo, así que no sería muy lejos).

Pues no da señales francas de que está entendiendo las cosas y mucho menos de que su preparación sea un proceso en avance.

Pero también hay días en que se me llenan los ojos de orgullo por las cosas que hace, dice o me demuestra o que de alguna manera, a veces incidental me entero que hizo o dijo.

De todas las cosas que he hecho en mi vida, unas están para un rotundo cero, otras de seis, apenas pasables, otras cosas de entre siete y nueve, pero entre las de 10, destaca la de haberme convertido en padre.

De verdad que no hay nada que se le compare.

Es cuando ves y acumulas todo lo que recibiste y te das una leve idea de todo lo que tienes que dar.

Si lo tienes o lo sabes, está perfecto, se lo das a tu hijo. Y si es algo que no tienes o no sabes, no cambia nada, pues tendrás que conseguirlo y/o aprenderlo para dárselos igual.

Eso es a lo que te comprometes cuando los tienes.

Más adelante seguiré con este tema de la paternidad. Es muy amplio.

Imposible de tratar en un solo artículo, pero te contaré varios de los momentos que hemos pasado como padres, desde los ceros hasta los dieces.

Y si te sirven de algo, me dará mucho gusto.

Gracias por tu lectura y que tengas un excelente día.